Por Catón
Columna: De políticas y cosas peores
Murió un amigo
2016-01-12 | 09:11:25
La vida es cruel. La vida es generosa. En lo que digo no hay contradicción. La vida es capaz de bondad y de maldades. Es como la mujer, que ahora te hiere y te acaricia luego. Viniendo de ella las dos cosas -la herida y la caricia- son un goce. Murió este amigo mío. Gustaba del buen comer y el beber bueno. Gustaba de tocar la guitarra y de tocar el cuerpo femenino. Gustaba de las películas de Chaplin y los Hermanos Marx. Gustaba de leer novelas policíacas: decía que la mejor era “Macbeth”, de Shakespeare. Gustaba del ajedrez (“esa ciencia”, decía), y gustaba de su trabajo de escritor (decía: “ese juego”). Todo eso le gustaba a mi amigo. Y le gustaban muchas cosas más: los viajes, los crucigramas, las canciones de Manzanero, los soldaditos de plomo, el art nouveau, los cuadros de Ribera (“No Rivera”, solía precisar con énfasis), las flores -especialmente los geranios: afirmaba que huelen a mujer-, los chistes, la Navidad (no tanto la Semana Santa), los perros (no tanto los gatos) y la poesía de Sabines (no tanto la de Paz). En síntesis, a mi amigo le gustaba vivir. Un día enfermó. Su enfermedad fue tal que, estoy seguro, le gustó morir. Murió mientras dormía. A lo mejor vivió también mientras dormía, si es cierto aquello de que la vida es sueño. El caso es que se le fue la vida. Aquí me gustaría preguntar a dónde se va la vida cuando la vida se va. Para esa pregunta no tenemos respuesta: tenemos solamente ficciones. Todas ellas tienen el mismo valor, o sea ninguno. Eso de la vida después de la muerte es una creencia que algunos tienen; lo de la muerte después de la vida es una experiencia que todos tendremos. El apellido de la muerte es Segura. Pero me estoy poniendo filosófico, lo cual quiere decir que me estoy poniendo aburrido. Vuelvo a mi historia. Diré qué hacía la esposa de mi amigo antes de que él muriera. Iba de compras a la tienda de departamentos. Jugaba a las cartas con sus amigas los martes y los jueves. Iba de compras a la tienda de departamentos. Hacía ejercicio en el gimnasio. Iba de compras a la tienda de departamentos. Viajaba con sus amigas a Las Vegas. Iba de compras a la tienda de departamentos. Diré ahora qué hacía el hijo de mi amigo. Se divertía. Se divertía. Se divertía. Y diré qué hacía su hija. Se divertía. Se divertía. Se divertía. Pues bien: con su muerte mi amigo dejó de comer y de beber; dejó de tocar la guitarra y de tocar un cuerpo de mujer. Dejó de ver las películas de Chaplin y los Hermanos Marx; dejó de leer novelas policíacas y de jugar al ajedrez; dejó de escribir y de viajar; ya no hizo crucigramas, ni oyó canciones de Manzanero, ni aumentó su colección de soldaditos de plomo. Ni fue a conferencias sobre el art nouveau, ni buscó libros acerca de la pintura de Ribera, ni regó los geranios del jardín, ni contó chistes, ni celebró ya la Navidad, ni acarició a su perro, ni leyó la poesía de Sabines. Todo eso dejó de hacerlo para siempre. Su esposa y sus hijos, por su parte, estu
vieron tristes unos días. Creo que dos. Luego la señora volvió a ir de compras, y sus hijos regresaron a sus diversiones. Por favor, no me malinterpreten. Esto que estoy diciendo no es reproche. La vida sigue. No sé si haya vida eterna, pero sí sé que hay eterna vida. ¿Y acaso se le pueden hacer reproches a la vida? Ni a la vida ni a la muerte se les puede hacer reproches. Las dos se reirían del que les reprochara algo. Lo que hoy narré es un canto a la vida. Y también a la muerte, pues no se le puede cantar a una sin cantarle a la otra. ¡Van tan juntas! “Mi vida es cosa mía”, decimos con frecuencia. Igual deberíamos decir: “Mi muerte es cosa mía”. Cuando yo muera moriré yo solo. Y sólo yo moriré. Murió mi amigo y mírenme: aquí sigo, comiendo y bebiendo, acariciando a una mujer -yo no toco la guitarra-, oyendo una canción de Manzanero y viendo una película de los Hermanos Marx. Murió mi amigo y aquí seguimos todos, aunque todos después lo seguiremos. Demos gracias a Dios por la vida, ahora que la tenemos. Y por la muerte demos también gracias a Dios. Ya la tendremos. FIN.


MIRADOR ›armando fuentes aguirre
Historias del señor equis y de su trágica lucha contra la Burocracia. El Más Alto Funcionario del Estado hizo llamar al señor equis y le preguntó: -¿Crees lo que digo? Tembloroso respondió el señor equis: -Sí. El Alto Funcionario del Estado hizo llamar al señor equis y le preguntó: -¿Crees lo que digo? Lleno de angustia respondió el señor equis: -Sí. El Funcionario del Estado hizo llamar al señor equis y le preguntó: -¿Crees lo que digo? Al punto del sollozo respondió el señor equis: -Sí. Les dijo entonces a sus Funcionarios El Más Alto Funcionario: -Qué hombre tan original. Nosotros mismos no creemos lo que decimos. ¡Hasta mañana!... MANGANITAS ›por afa
“.Noche de bodas.” El novio, ya en el lugar, “¿Eres virgen?” -preguntó. Respondió la novia: “No. ¿Qué me ibas a rezar?”.

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